Populismo, una realidad que acecha a nuestro país

Alejandro Bindel
Columnista
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            Hoy somos testigos de cómo el populismo ha calado en la casta política chilena desde lo ocurrido a partir del 18 de octubre e incluso me atrevería a decir que ha estado  impregnado en los políticos desde mucho antes de aquel momento en el país. Frente a esto, es menester de nosotros, en calidad de ciudadanos conocer y tener noción de qué es este mal endémico de la historia del continente, para así poder dar la difícil batalla contra el populismo que tiene consternado a nuestros vecinos.

             El concepto de populismo, es un término complejo de definir, ya que no es una ideología propiamente tal, sino que es mucho más complejo que una mera ideología. Sin embargo,  a grandes rasgos podemos decir que corresponde a  la distinción entre un supuesto “pueblo hegemónico” dotado de virtud y excelencia  y un “anti pueblo” que oprime al denominado “pueblo”. Frente a esto, el populista tiende a polarizar el espacio público y los medios de la opinión y tiende también a buscar monopolizarlos mediante una retórica de masas excluyente y dicotómica.

A nivel político, este suele ser encarnado por un líder  carismático, con un discurso cautivador y convincente que logra convencer y persuadir incluso a las mentes más nobles con sus reflexiones y palabras. Asimismo, estos sujetos dicen ser los “paladines del pueblo”,   a tal punto de pensar que son los redentores y los únicos que van a poder liberar al “pueblo” de la miseria y de la aparente “antipueblo”. Esto bajo la retórica de que todos somos “víctimas” y, por tanto, necesitamos ser salvados por él o ella.  El populista, al crear esta polarización social entre “buenos y malos”, fomentando el odio y una profunda animadversión en la sociedad civil.

Tal como dijo el Che Guevara en  uno de sus mensajes en el año 1967: “El odio como factor de lucha; el odio intransigente al enemigo, que impulsa más allá de las limitaciones naturales del ser humano y lo convierte en una efectiva, violenta, selectiva y fría máquina de matar. Nuestros soldados tienen que ser así; un pueblo sin odio no puede triunfar sobre el enemigo brutal”. Cabe recalcar que cuando el  Che efectuó dicho discurso se refería a la revolución violenta de carácter marxista. No obstante, el método es el mismo. Primero la implantación del odio en la sociedad, para luego dar paso al resto de las prácticas populistas.

Luego de entender a grosso modo qué es el populismo, es menester saber cómo se configura la mentalidad populista.

En primer lugar, el populista siente un profundo desprecio por la libertad individual del ser. Esto explica el por qué es algo asiduo escuchar en un populista el concepto abstracto de “pueblo” como una sola consciencia . Por otra parte, el populista idolatra al Estado, a tal magnitud de subordinar todo los aspectos de la vida al “Estado”.

Uno de los grandes populistas de la historia Es Benito Musolini, líder de la Italia fascista, quien señaló en unos de sus artículos  lo siguiente: La concepción fascista de la vida destaca la importancia del Estado y acepta al individuo sólo en la medida en que sus intereses coincidan con los del Estado (…). El Estado se convirtió en expresión de la conciencia y en la voluntad del pueblo”.

También, uno de los grandes exponentes del liberalismo señala lo siguiente en torno a la idea del culto al Estado, a tal punto de creer que este aparato es una deidad: “El culto del Estado es el culto de la fuerza. No hay amenaza más peligrosa para la civilización que un gobierno de incompetentes, corruptos u hombres viles. Los peores males que la humanidad haya tenido que soportar fueron infligidos por los malos gobiernos.”

En segundo lugar, encontramos el complejo de víctima, el cual consiste en culpar de todos los problemas de una nación a “otro”, ya sean los ricos, el “modelo neoliberal”, el capitalismo, Estados Unidos, la globalización y una larga lista de “responsables”. Por tanto, bajo esta lógica, jamás escucharemos a un populista decir que las grandes falencias de la sociedad que consternan a los ciudadanos día a día, radican en la ineptitud del Estado en crear instituciones eficientes que den garantías a las personas. Por ejemplo, en Chile ocho de diez políticas públicas fracasan, pero eso el populista no lo menciona, y tampoco tiene la gallardía para hacerlo, sino que prefiere fomentar el odio injustificado entre “buenos y malos”, “víctimas y victimarios”. Es decir, el populista crea a un supuesto enemigo externo y/o interno opresor. y por ende, necesitamos de alguien que nos libere de este “enemigo”, pero únicamente él nos puede redimir.

En tercer lugar, se halla la “paranoia neoliberal”, según la cual, la raíz de todos nuestros males se originan a partir del “neoliberalismo”. O más bien, toda política orientada a conferir mayor libertad tanto al mercado como al individuo, es  categorizada como el origen de nuestra miseria. Sin embargo, los países con menor libertad económica son los más pobres a nivel mundial. Como prueba de aquello, encontramos a Venezuela, un país que en antaño solía ser rico, pero ahora es uno de los países con menor libertad económica y con índices de pobreza que bordean el 96% del total de la población Venezolana.

En el cuarto lugar, tiene lugar la pretensión democrática con la que el populista se disfraza para  así poder darle legitimidad a su proyecto de acaparamiento del poder.  Por ejemplo, Adolf Hitler, quien  fue electo de manera democrática. Sin embargo, en su mandato llevó a cabo uno de los regímenes totalitarios más sangrientos en la historia de la humanidad.

Y por último en la mentalidad populista ubica la obsesión casi patológica del populista por conseguir la “igualdad”, la cual es un pretexto para justificar el tamaño desmesurado del Estado, y con ello la retórica de los supuestos “derechos sociales”, que en definitiva, son una especie de artilugio para agrandar el tamaño del Estado, en detrimento de las libertades individuales. Esta suerte de aparentes “derechos”, producen una gran afinidad en la ciudadanía. Pues la razón es muy simple, supongamos que llega un político a la puerta de tu casa y te dice lo siguiente: desde ahora obtendrás salud, educación, vivienda entre otros totalmente gratuitos financiados por el Estado. Esto es más que evidente que va a despertar un sentimiento de afinidad y sintonía en las personas. Sin embargo, aquel político nunca le dirá que le subirán los impuestos para poder financiar dichos servicios. esto en ningún lugar de americalatina en donde  se ha implementado ha traído consigo mayor “dignidad”, sino muy por el contrario, mayor pobreza, corrupción, desigualdad y un incremento sostenido en el tamaño del Estado, lo cual produce una dependencia directa de él con las personas.

Para probar esto, creo que es necesario leer la constitución venezolana, la cual estipula en su artículo 82 y 83 lo siguiente:

“Toda persona tiene derecho a una vivienda adecuada, segura, cómoda, higiénica, con servicios básicos esenciales que incluyan un hábitat que humanice las relaciones familiares, vecinales y comunitarias”.

“La salud es un derecho social fundamental, obligación del Estado, que lo garantizará como parte del derecho a la vida. El Estado promoverá y desarrollará políticas orientadas a elevar la calidad de vida, el bienestar colectivo y el acceso a los servicios”.

Ahora, reflexionemos un momento y pensemos, ¿es tal cual la situación como señala la carta fundamental venezolana, o en la praxis, que algo esté estipulado en la norma, no necesariamente se cumpla?

A modo de síntesis, hoy percibimos cómo el populismo ha calado nuevamente en la casta política chilena,partiendo  con diversas promesas demagógicas que generan ilusión altas expectativas  en la población, pero en la práctica son imposibles de concretar. Luego, el populista fragmenta la población entre el supuesto “pueblo y el ” antipueblo”. Asimismo, el populista es un maestro en el arte de la oratoria, que miente sin pudor ni escrúpulos, de aquí   el populista  propiciando el odio entre individuos “buenos y malos” aparentes.

observemos los múltiples casos de populismos en latinoamérica: Chávez, Maduro, Peron, Morales, Kirchner, Fernández, López Obrador, Allende, Correa y muchos otros más.

Y al llegar al poder el populista destruye las instituciones, erosiona el Estado de derecho, restringe y disminuye la libertad, tanto económica como individual, dando paso a la supresión de las pocas garantías que tiene el individuo frente al Estado.

Los diversos casos de populismos en latinoamérica: Chávez, Maduro, Peron, Morales, Kirchner, Fernández, López Obrador, Allende, Correa entre otros.

            Todos estos regímenes, salvo en algunas excepciones culminaron de la misma forma: Crisis institucional,  contracción económica, aumento de la pobreza, disminución sostenida de la libertad económica e individual, supresión del Estado de derecho, fomento del odio dentro de la sociedad, inflación, corrupción abismal, deuda pública formidable, aumento sostenido de los impuestos para financiar infinitos “derechos sociales” que en         definitiva son un pretexto para agrandar el tamaño del Estado y legitimar el poder de los políticos.

En este sentido, hago un llamado a las chilenas y chilenos a escuchar los múltiples relatos, vivencias y testimonios de nuestros vecinos, quienes han sido víctimas  del populismo en sus lugares de origen respectivos, el cual ha devastado en gran medida a sus países de procedencia, a tal extremo de tener que emigrar para poder vivir de forma digna o simplemente un tanto mejor.

Escuchemoslos, aprendamos de ellos, para así no cometer los mismos errores que cometieron en el pasado, cuyas consecuencias fueron devastadoras para sus países. En especial cuando estamos ad portas del plebiscito del 25 de octubre, en donde se va a consultar a la ciudadanía si quiere o no una nueva constitución para Chile, el cual ha azuzado un clima de populismo colosal, por medio de propuestas y promesas estrambóticas que bajo ningún punto de mira se van a poder materializar.

 Esto supone un gran desafío para quienes creemos en la democracia. Frente a esto, tenemos el imperativo moral de captar las implicancias y alcances de este mal que tiene sumido a gran parte del continente, para así poder hacerle frente y combatirlo en el mundo de las ideas y pensamiento.   Tal como alguna vez dijo Margaret Mead: “Nunca dudes de que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos puede cambiar el mundo; de hecho, es lo único que lo ha hecho”.

¿Si no lo hacemos nosotros, quién lo hará?.

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